Los Dioses Sabios

Todos los historiadores de la cultura y del arte coinciden en proclamar, sin excepción, que la caída del imperio romano y la consiguiente hegemonía de los visigodos en los antiguos territorios latinizados significó, por un lado, un notable retroceso de la vida intelectual y delas formas artísticas y, por otro, unos intentos –inútiles- por imitar aquella grandeza que los bárbaros venían a sustituir. Estamos tan acostumbrados ya a leer estas opiniones generalizadas que las hemos convertido en verdades axiomáticas y, desde los tiempos de la escuela, las hemos aceptado como hechos reconocidos que no parecen admitir discusión.

Sin embargo, sí la admiten. Y no sólo la admiten, son que una análisis de los mismos acontecimientos y de los escritos de aquellos tiempos que nos han llegado pueden muy bien hacernos ver que la historia no se compone únicamente de apariencias externas, sino que va siendo conducida subterráneamente por una inteligencia colectiva que se manifiesta abiertamente solo cuando ya se ha sedimentado, cuando han encontrado la dirección y el mensaje que puede transmitir al futuro: a nosotros, los que analizamos aquellas realidades con cien, con quinientos o con mas de mil años de perspectiva. En nosotros, pues, está en gran parte la posibilidad de acertar o de errar en esa apreciación.

EMPECEMOS CON LOS NOMBRES MISMOS

Unos de los grandes errores en que hemos vivido la historia ha sido, precisamente, la tergiversación de los significados de las palabras a lo largo del tiempo. Se nos dice, por ejemplo, que los romanos llamaban barbari a los godos, y nosotros, incluso de modo inconsciente, asimilamos la palabra a actos de salvajismo, a depredaciones, a saqueos, a destrucción. Sin embargo, la palabra latina no tiene en absoluto nada que ver con todo eso. Barbari, para los romanos, eran todos los extranjeros, todos los pueblos que no formaban parte del imperio o que no se habían asimilado a la romanización. No importaba su grado de cultura real, ni sus hábitos, ni su saber, ni sus tradiciones. Importaba solo, para ser acreedores del apelativo, el hecho de no estar integrados en el engranaje político de Roma.

En el caso del pueblo visigodo, este apelativo se aplicaba un grupo étnico que, si no había alcanzado los grados de manifestación externa de eso que llamamos civilización, era por su falta de asentamiento, por su vida errática desde unos orígenes oscuros que los historiadores no han logrado fijar con precisión. Pero su nombre, godos, viene a darnos ya una idea al menos de concepto que tenían de sí mismos o del concepto en que les tenían los pueblos con quienes convivieron a lo largo de su emigración secular por tierras europeas y asiáticas. Porque todavía en nuestros días, las lenguas germánicas llaman a Dios con la misma raíz que designan a los godos: los alemanes lo llaman Gott; los ingleses, god.

Los godos, pues, eran llamados dioses, y a veces se llamaban a sí mismos gutans, hijos de Wotan, su divinidad superior, en gran herrero del Walhalla.

Pero hay todavía otra equivocación con respecto a este pueblo. Estamos acostumbrados a oír y leer que los nombres con que se designó a visigodos y ostrogodos se debían a su ubicación territorial: visigodos (Westgoten) serían los godos del oeste, mientras que los ostrogodos corresponderían a las ramas que se quedaron más al este (Ostgoten). Ferdinand Lot apunta una etimología más que digna de tenerse en cuenta: visigodos sería losWeisegoten, los godos sabios; ostrogodos, los Austtgoten, los godos brillantes.

Godos sabios: dioses sabios. Sería demasiado fácil atribuir esta denominación –o autodenominación- a un sentimiento gratuito de superioridad. No hay pueblo ni comunidad humana que se haya adjudicado a sí mismo la divinidad. Sí es cierto, en cambio, que muchas de las grandes creencias han hecho que sus seguidores tomasen el apelativo de la cualidad de considerarse hijos de la forma divinal que seguían: cristianos, mahometanos o ligures designan menos a unos determinados pueblos con especiales características étnicas que a una comunidad de creencias y de formas de vida acordes con ellas.

En cuanto al adjetivo Weise –sabios-, tal vez no sea tan absurdo como a primera vista podría aparentar. Si revisamos la mitología goda a través de su cronista Jornandes, encontraremos que “no los faltaron maestro que les instruyeran en la sabiduría” y que , entre ellos, destacó un tal Dicinio, que reunía en su persona el sacerdocio, el consejo, el magisterio y el conocimiento de la astronomía y de la música. Seguramente, este Dicinio personificaba a toda una generación de maestros, paralela a la de los druidas céltico, pero sus enseñanzas perduraron a lo largo del tiempo.

Bastaría ver los textos de San Isidoro –hispanorromano, pero integrado a la nueva civilización visigoda dominante ya en el siglo VII para comprobar cómo la educación era una parte esencial en la vida visigoda. Una educación que , por otra parte, contenía formas y métodos que la hacían paralela a muchos aspectos a la formación iniciática, desde que la impartieron los mismo druidas hasta la de los maestros del hermetismo. Así especifica el escritor sevillano que la memoria – el ejercicio de la mente- era desarrollad de modo preferente, que se daba importancia primordial al estudio de la música y a la educación de la voz, que se domaba la voluntad por medio de ejercicios físicos especiales, y, en fin, que el aprendizaje del arte del mar ocupaba un lugar importantísimo, aun tratándose de un pueblo que, como el de los visigodos, tuvo una singladura eminentemente terrestre.

REGRESO A LA FUENTE

A este pueblo y a esta época – el siglo VII- pertenecía San Fructuoso. Era godo y “toda la sangre que llevaba en su cuerpo era de la más pura estirpe regia”, al decir de su biógrafo San Valerio, que parece con ello insistir en el origen casi divino del maestro.

En aquel momento, vencidos tiempo atrás los suevos que ocupaban todo el noroeste peninsular, y oficialmente católico todo el territorio después de la conversión de Recadero en el tercer concilio de Toledo (586), el pueblo visigodo podía sentirse ya definitivamente asentado en una patria que tal vez había sido su meta desde el inicio de la gran marcha migratoria secular. No apunto este hecho amparándome en meras suposiciones. Lo único grave es que los historiadores racionalistas han arrinconado a los mitos e el baúl del olvido y les han negado toda posibilidad de mostrar lo que tienen de realidad. Pero fijémonos en que hay ocasiones en las que las narraciones míticas de pueblos sin aparente contacto coinciden en puntos clave y en simbolismos perfectamente identificables. Éste es uno de esos casos.

Basándose fundamentalmente en Diodoro Sículo y en tradiciones de un origen ya perdido, algunos historiadores que hoy no son tenidos en cuenta para nada (por ejemplo Julián de Ocampo y a Pedro de Alcocer –1543-) cuentan que “el primero que a ella [la Península ] después del Diluvio de Noé vino y fue su primer poblador fue Tubal, quinto hijo de Iaphet, hijo tercero de Noé y los que con él vinieron a ella”. De este origen atlante hacen derivar generaciones enteras de reyes y de dinastías de carácter aparentemente mítico, pero con un fondo de realidad que necesita todavía ser despojado de sus aditamentos legendarios.

Uno de estos reyes de estas generaciones míticas de Tubal es Brigo, hijo de Iubalda o Idubeda, que según estas crónicas reinó cuatrocientos años después del Diluvio y 259 después de Tubal. Dicen que, provisto de un poderoso ejército, se expandió por Europa y Asia Menor, y que su nombre dio nombre a los brigios, que luego se convirtieron en frigios. Que estos brigios-frigios fundaron Troya en los confines del Mediterráneo y, en la misma península, ciudades que conservaron su nombre hasta la romanización: Segobriga (Segovia), Augustobriga (Astorga), Conimbriga (Coimbra).

Si nos acercamos a la historia remota a través de otra tradición, precisamente de los godos, veremos que su ya mencionado obispo y cronista Jornandes nos cuenta que el pueblo atravesó el mar bajo el manto de un rey al que llama Berig, de nombre paralelo –correspondiente, diría yo- al Brigo atlante de la península, y que su tierra de origen, Scanzia, fue “matriz de pueblos”, tal como lo fue la península ibérica según la remota tradición.

Es curioso observar, en este sentido, que prácticamente todos los pueblos que , con mayor o menor grado de civilización, estaban asentados en el oriente mediterráneo y hasta el Caspio –donde los godos estuvieron también en un determinado momento de su largo periplo migratorio-, tuvieron a las tierras de occidente como cuna de los antepasados, y como meta que los hombres tendrían que alcanzar aunque fuera después de la muerte. Desde Egipto a los godos, ese occidente era la querencia cultural donde, de alguna forma, se encontraría la tradición, el recuerdo o la huella de aquella Edad de Oro perdida hasta ahora para la arqueología. Si fuera así, los visigodos, al alcanzar la península y asentarse en ella hasta conseguir su primera y única unidad política en la historia, no habían hecho mas que cumplir una tradición que les afectaba tanto a ellos como a otros muchos pueblos…

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