Posteado por: HispaniaGothorum | 27 noviembre 2007

El festín de los Einheriar

Los Einheriar, los elegidos, los que mueren con honor con el acero en la mano. Aquellos que fueron el azote de las naciones civilizadas del Sur, se regodean en la honrosa muerte.
 
 Odín tenía tres palacios principales en el Asgard: el Gladsheim, la sala de reuniones de los dioses, el Valaskialf donde estaba el Hlidskialf; y el Valhala, el palacio donde estaban los elegidos que habían muerto asesinados, el cual estaba situado en medio del Glasir, un extraordinario bosque con árboles que tenían hojas de oro rojo.

El Valhala era el lugar de descanso definitivo de los que habían muerto con honor en un combate enardecido. Morir en combate era la muerte más noble que un nórdico podía esperar. La muerte de viejo o enfermo recibía el apelativo despectivo de “muerte de paja”, en referencia a la paja que había en la cama del que moría. Este tipo de muerte era altamente innoble. De hecho, la mayor parte de los nórdicos prefería morir con su propia espada que la vergüenza de la “muerte de paja”.

Cuando se producía un combate en el Midgard, Odín enviaba a sus guerreras vírgenes, las valquirias. Estas semidiosas vírgenes volaban a la tierra en sus corceles y hacían una selección entre los guerreros que habían muerto con la mirada anhelante de las batallas y las manos ensangrentadas. Estos eran los elegidos, o Einheriar, a los que se transportaba sobre el Bifrost hasta el Valhala.

El Valhala era un lugar de grandes dimensiones. Se decía que tenía 540 puertas, cada una de ellas lo suficientemente grande como para que pasaran por debajo 800 hombres de una vez. Sobre las paredes de la gran sala había alineadas enormes lanzas de un gran brillo que reflejaban la luz en su parte superior para recordar a los muertos la gloria del combate. La sal estaba repleta de mesas alargadas en las que los Einheriar se sentaban para hacer festines con el mismo rey de los dioses.

 Durante esos festines las valquirias se comportaban con gran amabilidad. Servían a los guerreros, asegurándose que sus platos estaban rebosantes de carne y de que sus cuernos para beber estuvieran repletos de aguamiel. La carne provenía de un jabalí sagrado llamado Saehrimnir, al que sacrificaba todos los días Andhrimnir, el cocinero. Saehrimnir se regeneraba milagrosamente después de cada festín, quedando así a disposición para el próximo. En el Valhala no había nunca escasez de alimentos.

Después de que los guerreros se hubieran saciado, pedía sus armas y se dirigían al patio del Valhala, donde pasaban el resto del día destrozándose los unos a los otros hasta que el cuerno sonaba de nuevo. Las heridas recibidas sanaban inmediatamente, y los combatientes, como si se tratara de amigos íntimos, se palmeaban la espalda, se reían de corazón y se sentaban de nuevo a la mesa para degustar otro festín esplendoroso. Desde su sitio en la cabecera de la sala Odín observaba cada festín, complacido de que tan nobles guerreros disfrutaran juntos tanto en el campo de batalla como en la mesa.

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