Posteado por: HispaniaGothorum | 27 noviembre 2007

El nuevo despertar

Inmerso en la oscuridad lo primero que sintió fue el pálpito de la sangre en sus sienes. A continuación el corazón empezó a latir veloz, apresurado, como si supiera del tiempo limitado de su existencia, el número de días exacto que le quedaban. El helado viento de las montañas le despertó de su negro sueño.
Un dulzón sabor de sangre embriagaba su paladar y, al abrir los ojos, los últimos rayos de sol le obligaron a entornar los párpados. Estaba boca abajo, tendido sobre la nieve. Se incorporó y, sin conocer la causa, apretó los puños, clavando sus uñas en el interior de las manos. La poderosa figura del vikingo se recortaba contra los sublimes picos nevados. La nieve caía, uniéndose a la tupida alfombra que cubría el monte. Todo su ser rezumaba rabia. Una salvaje ira cuya procedencia no conocía. Se encontraba confuso y perdido. Sólo recordaba su nombre y su deseo de venganza.
Víder, que así se llamaba, se observó como si nunca se hubiera visto, como a un desconocido. Era alto, fuerte y proporcionado. Vestía un taparrabos y unas polainas de piel de lobo, así como una camisola de malla llena de rajaduras. Su larga melena, de un intenso color castaño, estaba manchada de sangre seca y le azotaba la espalda cuando bajaban los helados vientos desde las cimas de las cumbres, acaso arrojados por gigantes de granito y lava. Los rasgos de su cara eran rectos, de nariz afilada, piel clara y quebrados labios. Descubrió también sangre seca en su cuello y en la parte posterior de su muslo derecho, mas no parecía haber indicios que fuera suya, pues no tenía heridas de ningún tipo y se encontraba descansado. Aún más, se acertaba invencible.
Allá abajo, cerca de la montaña en que se encontraba, había una rústica granja, formada por unos cinco o seis edificios rodeados por un palenque alzado sobre una cuesta artificial de tierra. Los rayos del mortecino sol la bañaban, sonrojándola. Como el color de la sangre se le antojó a Víder, esbozando una débil sonrisa. Sin saber tampoco la causa sentía un gran odio por aquellos que se encontrasen en el interior.
Apretó las mandíbulas y golpeó el tronco de un abeto, ignorando el dolor en sus nudillos sangrantes. La rabia que hervía en sus venas estaba dirigida hacia los habitantes de esos hogares. Quizás cualquier otro se hubiera parado a meditar lo que le estaba ocurriendo… Quién sabe si no era su propia casa la que veía allí abajo. Era posible que tuviera allí familia o amigos… Pero no, algo en su interior descartaba esa posibilidad. Allá sólo había enemigos causantes de un gran dolor que debía redimir por medio de brutal venganza. Cada fibra de su ser era una partícula de furia y violencia gritando por salir, por explotar. No necesitaba más respuestas para saber que esa misma noche mataría o moriría.

Aquella empalizada no era tan alta como le había parecido en un principio, sería fácil trepar por ella. Un solo guardia, armado con lanza, espada y escudo, la custodiaba recorriéndola de un extremo a otro: aprovecharía el momento en el que estuviese más alejado para abordarla.
Oculto tras una roca, a unos cuarenta pasos de la empalizada, esperó hasta que el guardia estuvo lejos. Salió de su escondite y corrió veloz, a pesar de la densa capa de nieve que cubría el suelo. Cuando se encontraba cerca de la empalizada saltó, aprovechando el impulso de su carrera; se agarró a los salientes, flexionó los codos, introdujo un brazo y una pierna y se aupó hasta la cima.
Su corazón volvía a latir con renovadas fuerzas, como un lejano tambor marcando el ritmo de viejos rituales de guerra, pactos de su pueblo ante severos dioses. Imágenes difusas y relampagueantes acudían a su cabeza, aturdiéndolo. Vio gran número de espadas en alto, oyó el bramido de guerreros exaltados por la sed de sangre. En el centro de ellos, una figura que no podía distinguir con claridad se alzaba como un ídolo para aquellos salvajes.
La visión se desvaneció. Reparó en que necesitaba armas. Rodando sobre sí mismo, sobre la plataforma de la empalizada, se introdujo dentro del recinto y se escondió bajo ella, esperando a que pasase de nuevo el guardia.
No tuvo que aguardar mucho para poder oír sus pasos. Víder se preparó para el ataque. Al pasar por encima de su cabeza saltó, tomándolo del tobillo derecho. El guardia cayó, sorprendido, golpeándose la cabeza protegida por un casco de hierro. Víder le pateó la cara, rompiendo dientes y mandíbula, impidiéndole el grito de alarma. Acto seguido le quebró el cuello entre sus manos.
Tomó las armas de su víctima. Aquella primera muerte le proporcionó un enorme placer e intensificó la rabia que quemaba sus entrañas.
Agazapado, de sombra en sombra, fue introduciéndose más y más en el hogar de sus enemigos. El sol había desaparecido por completo; la noche traía un velo de intenso frío. Las alimañas saludaban a la luna y bestias lejanas aullaban presentando, como venía siendo habitual desde el principio de los tiempos, su fiel vasallaje a la dama plateada. Por occidente unos negros nubarrones anunciaban que Thor se acercaba en su carro al lugar donde tendría cita la matanza.
No había nadie por los alrededores, mas una frenética música llegaba tenue hasta sus oídos. Provenía del interior de una de las casas más alejadas de la puerta, por lo que se fue acercando a ella con sigilo y precaución. Ansiaba encontrarse con otro guerrero, a quien mataría sin vacilación alguna. Así lo sentía en su interior, no necesitaba respuestas.
Llegó hasta el final del cerco de la empalizada. Allí, contra ella y levantada sobre una pendiente por vigas de unos pocos pies de altura, se erguía la casa mayor. Un gran edificio de madera de abeto y techumbre de paja y césped, cuyas únicas ventanas eran los espacios abiertos en el techo para la salida del humo. Una escalinata daba acceso a la única puerta, doble, ornamentada con cráneos humanos y cornamentas de diferentes bestias. La alegre música provenía de ella. Parecía que se celebraba una gran fiesta, quizás una boda, un día sagrado. Daba igual. Lo importante era que dentro se concentrarían todos los guerreros y ello le facilitaría su oscura tarea de muerte y venganza.
La música era acompañada por obscenos cantos y atronadoras y ebrias risas que le encolerizaron aún más. De repente, al escuchar un gutural sonido, se giró sobre sí mismo, alerta, con todos los músculos en tensión. Se trataba sólo del mugido de unos bueyes en un cobertizo cercano. Una idea se dibujó en su mente. Fue hasta ellos y no muy lejos encontró una fuerte cuerda y un yugo. Unció los bueyes y les anudó la soga.
A pesar de sus quejas los sacó a la fría noche y los acercó al caserón. Ató el extremo libre de la cuerda a los puntales que la alzaban de la nieve.
Bajo la base del suelo, a través de un agujero entre las juntas de los maderos, pudo ver el interior de la sala. Era una gran fiesta. Todos los vikingos pertenecientes a una misma familia estaban alrededor de unas alargadas mesas, que formaban un rectángulo abierto por uno de sus lados. El fuego ardía en el centro y no lejos de las llamas habían depositado un gran botín. Espadas, escudos, pieles, tejidos, orfebrería… Objetos que provocaron un sentimiento amargo en el corazón de Víder. La fugaz imagen de un hombre, barbudo y fuerte, vestido con una de esas pieles, sacudió su cerebro. También la de una mujer, alta y bella, de melena rojiza, vestida con algunas de esas joyas, o la de otro guerrero, lleno de cicatrices, portando uno de esos enormes escudos color azul y plata… Personas que debieron ser amigos y familiares pero que no lograba recordar con claridad. Visiones que le hacían sentir aún más enojado.
Contempló a los guerreros que se emborrachaban entre los brazos de sus mujeres y esclavas. Eran hombres fornidos, de espesas melenas y luengas barbas. Vikingos del interior de Escandinavia, acostumbrados a las escarpadas cumbres y a la lucha contra los trolls de los glaciares. Víder se tuvo que contener para no entrar de lleno en la casa y empezar la carnicería. Así hubiera matado a muchos, pero al final hubiera caído por el peso del número. Dentro había casi veinte guerreros, todos poderosos y temibles. Respiró hondo, pidió fuerzas a Odín, Thor y Tyr, y se concentró en atar la cuerda a la viga.
Cuando se disponía a salir de debajo de los fustes oyó cómo se abría la puerta. El corazón se le encogió. Notó por encima de su cabeza unos pasos y escuchó un sonoro eructo, seguido de una ininteligible maldición. Un vaporoso chorro de orina cayó sobre la nieve. Si el borracho vio a los bueyes no le pareció extraño, pues al terminar volvió al interior.
Vider, aliviado, salió, empezó a hablar a los bueyes como si éstos pudieran entenderle y les golpeó para que tirasen con fuerza. Al segundo intento los animales se llevaron la viga, con estruendo desgarrador. En principio no ocurrió nada, la casa se mantuvo en pie y la música continuó pero, quizás por la cantidad de personas en su interior, al final se vino abajo. Los troncos rodaron siguiendo la pendiente, hasta chocar contra las demás casas, y los gritos de los aplastados, ignorantes del peligro que les acechaba, acompañó al sonido de las astillas y de las maderas al quebrarse. Unas llamas prendieron en los escombros y una bestia salvaje, con los recuerdos diluidos por el capricho de los dioses, se abalanzó contra los que pudieran haber sobrevivido al peso de las vigas y los troncos.
Portando lanza y escudo se internó entre las aún inseguras vigas, gritando hasta desgarrarse la garganta, inmerso en un pagano ritual. Sin piedad empezó a hundir la punta de su lanza en aquellos moribundos apresados entre los escombros. Los gritos de los heridos llenaron la fría noche montañesa. Regueros de sangre se expandían pendiente abajo, desde aquel improvisado altar de la venganza.
Mientras mataba, Víder descubrió en su interior nuevas imágenes de un pasado incierto. Otro ataque, pero no de sólo un hombre contra toda una tribu, sino de un grupo de guerreros asesinando las gentes de un pequeño caserío, de madrugada. Los niños eran desmembrados o pisoteados por los caballos, las mujeres arrastradas por el pelo y violadas incluso estando muertas. Sólo aquellos que empuñaban un arma podían morir de forma rápida, sin que su dignidad fuera humillada por crueles torturas. No había posibilidad de vencer: el número de los defensores era mucho más reducido.
Esta visión renovó la rabia de Víder. Un guerrero surgió de entre los maderos y se abalanzó contra él, con una pesada hacha. Se alegró de enfrentarse a guerreros capaces de combatir; así podrían ver quién era la guadaña de su existencia y se lo contarían a sus compañeros, cuando se encontrasen con ellos en la Tierra de la Sombra.
Dio dos grandes pasos y arrojó la lanza contra su enemigo, que cayó de rodillas, atravesado. El vengador se disponía a recuperarla cuando se percató de que estaba rodeado por cuatro guerreros más. Le gritaron en palabras que no entendió pero de evidente significado. Dos blandían espadas, un tercero aferraba hacha y escudo. El cuarto, un hombre enorme, cubierto de oscuras pieles y cuyo rostro, cubierto por un yelmo de agudas astas, estaba ensangrentado, esgrimía a dos manos un garrote con afiladas púas. Una fría visión sacudió la mente de Víder. Recordaba cómo ese mismo garrote bajaba una y otra vez en el ataque al caserío. Bajaba sin piedad, aplastando carne y quebrando huesos de una víctima que no lograba recordar. Desenfundó la espada, la apuntó hacia él e hizo un juramento ante la luna, que los observaba cual ventana de dioses y gigantes.
Víder rió, lleno de poder y fuerza. De alguna manera sabía que su búsqueda culminaba allí. Caprichosos espíritus habían conservado la vida del guerrero de la enorme clava para que pudiera matarlo con sus propias manos. De repente sus ensoñaciones se cortaron como la piel por el cuchillo ante el inminente embate de los enemigos.
El solitario vikingo alzó el escudo, parando el ataque del hacha, y con la espada bloqueó otro acero. Retrocedió cuidando de no tropezar con los muertos y paró un tercer golpe con el escudo. Alzando su rodilla golpeó la entrepierna del último atacante y le rompió los dientes con la empuñadura de su espada cuando su rival bajó la guardia. Pinchó casi a ciegas, debido a la inminente proximidad de los otros tres guerreros, atravesó un ojo y llegó hasta el cerebro. Tras caer el cuerpo sin vida recibió la acometida de los demás. Una espada golpeó sobre el escudo, haciendo vibrar todo su cuerpo, y el hacha del otro antagonista golpeó de lleno en su costado derecho; sólo la cota de malla impidió que el tajo le destrozara los riñones.
Víder observó que el más grande de ellos, el que portaba el garrote de clavos, se mantenía atrás, exhortando a sus hombres. Sin duda era el jefe de aquel clan.
Las llamas tomaban forma a cada segundo, no lejos de donde se encontraban luchando. En ellas, Víder creyó ver rostros familiares, que le alentaban a seguir, incluso exigiéndoselo. Entre el fuego también descubrió a un joven guerrero, de larga melena rizada, cayendo ante el filo de un hacha y una espada… Era su hermano. ¡Venganza!, oyó gritar en su cabeza. Con los dientes apretados y el espíritu pletórico de un lejano poder, cortó de un revés la cabeza del guerrero que le había herido. Gotas de sangre salpicaron su cara, llenándole de una pagana satisfacción. El último contendiente descargó su odio en repetidos ataques, sin orden ni control alguno. El miedo le había dominado y no paraba de gritar. Aullidos no como los de Víder, una bestia salvaje de las profundidades del bosque, sino como los de un pequeño animal asustado. Cuando abrió demasiado su defensa, Víder lanzó una estocada, hiriéndole en el abdomen. Alzó la espada y le cortó la cara, haciéndole trastabillar hacia atrás hasta que chocó contra el pecho de su jefe, quien descargó la pesada maza en su cabeza, convirtiéndola en amorfa pulpa. El cuerpo cayó a sus pies y lo apartó de una patada, sin ni siquiera mirarlo. Su mortal mirada se clavaba en la de Víder. Permanecieron así algún tiempo, en silencio, sólo roto por el ocasional quejido de algún moribundo o la brisa de la noche, que avivaba las llamas.
El poderoso montañés empezó a entonar una vieja canción de guerra. En las entrañas de Víder algo se removió; ya antes la había escuchado y su recuerdo le produjo un renovado odio contra aquel adversario.
Observaba atentamente a su contrario, los movimientos que ejecutaba acompañando a su canción. Giraba en pequeños círculos alrededor de sí mismo, alzando su garrote ora a siniestra, ora a diestra, realizando cierto ritual de guerra en el que tal vez llamase a sus antepasados para que le llenaran de fuerza o quizás a bestias olvidadas del bosque. Víder se mantuvo quieto mientras duró la danza, hipnotizado.
No era un guerrero normal, no al menos como los que había vencido hasta el momento. Deseaba matarlo, hundir su espada en sus entrañas y clavar su cabeza en una pica como muestra de su victoria. Su odio era tan grande que temía reventar en mil pedazos si no empezaban a combatir. No pudo reprimir su deseo de aullar a la luna, de rasgar su garganta en un brutal grito de guerra y amenaza primigenia. De las laderas cercanas respondieron ocultas bestias y aves nocturnas sobrevolaron sus cabezas, interrumpiendo el ritual del guerrero que se agazapó como si hubiera visto un demonio o un fantasma. Víder se abalanzó sobre él. Acertó con el primer golpe, pero las espesas pieles impidieron la herida. Con un gutural gruñido su enemigo lo apartó con el antebrazo, golpeándole en el costado herido. Sólo la agilidad de Víder impidió que a continuación el temible garrote le arrancara la cabeza. Se apartó con un rápido salto y alzó la guardia. Su contrincante no se hizo esperar y arremetió. El escudo buscó desesperado al garrote, encontrándolo en una explosión de astillas y cuero y un vibrante dolor en los tensos músculos de su portador. Víder retrocedió unos pasos ante su peso, empujado aún por la maza, clavada en lo que quedaba del escudo. Un duelo de hombro contra hombro se impuso ante la negativa de alejarse cualquiera de los dos. Pronto Víder se dio cuenta de su error ante la superior fortaleza de su enemigo.
Sus alientos se insultaban entre sí en silencio y las desgarradas facciones se observaban entre las penumbras y el humo, el sudor y la sangre. Ambos sabían que estaban hechos de diferente materia a la del resto de los combatientes con los que se hubieran enfrentado. Un marcial respeto se removía entre el odio. Los dioses observaban, los gigantes de las montañas apostaban y sus antepasados cantaban en su honor. Mientras luchaban vieron el cielo cambiar, girando en torbellinos de luces imposibles, las estrellas caer como carros de fuego…
Víder alzó su brazo, en un amago de tajar el costado izquierdo, obligándole a sacar el garrote de la rodela de un fuerte tirón que llegó a desequilibrarlo. El joven guerrero, intentando aprovechar el momento, lanzó un tajo alto que no llegó al objetivo, colocándole en una fatal posición contra el montañés.
Fue tal el impacto, parado por los restos del escudo, que Víder llegó a poner una rodilla sobre el suelo, la vista nublada y turbada por el agudo dolor. El golpe desgarró la cota y quebró varias costillas. Tuvo suerte de que ninguna de ellas hubiera atravesado un pulmón.
De quedarse allí un segundo más su cabeza estallaría, pero no olvidaba su misión de venganza. Podría haberse apartado pero no lo hizo, se arriesgó con un ciego ataque y picando con su acero sintió la carnosa satisfacción de hundir la espada en su contendiente. Retiró el arma y rodó sobre sí mismo varias veces, apartándose de la brutal arma enemiga. Se incorporó de un salto y gritó mientras observaba lo sucedido.
El montañés, apoyado en el garrote con una mano, se tapaba la pierna derecha, de donde fluía un reguero abundante y carmesí. Aún así también él se rehizo y reanudaron el combate.
Los movimientos de su adversario eran ahora más lentos y torpes debido a la herida, pero sus golpes seguían siendo tan peligrosos como al principio. De haberle dado de lleno cualquiera de ellos su cuerpo se hubiera quebrado; también él sentía cómo sus fuerzas escapaban con cada latido.
El combate continuó bajo la oscura cúpula, golpe tras golpe. A lo lejos, entre las nubes negras, Thor los saludó con uno de sus truenos.
Cuando las fuerzas languidecían ya por el continuo enfrentamiento, en su cabeza se intensificó la visión febril en la que el garrote quebraba el hueso y la carne de una víctima que no alcanzaba a ver. En esta ocasión por su mente pasaron como fugaces cuadros descubriéndole, para su horror, el deformado cuerpo, bañado en sangre y pulpa, de cierta criatura hasta el momento olvidada: su esposa. La principal causa, sin duda, por la que estaba luchando.
Emitió un renovado grito de rabia y dolor. Experimentó un hechizo de titánico frenesí que tomó por sorpresa a su enemigo. Empuñando su acero a dos manos dirigió un tremendo golpe que rasgó el vientre de un extremo a otro. Descargó un nuevo tajo sobre la cabeza del montañés, que intentó cubrirse sin éxito, partiéndose el garrote en dos. Víder siguió golpeando el cuerpo hasta que su vista se nubló. No le era suficiente la muerte de su odiado antagonista. Cayó sobre los mutilados restos, exhausto. Una lluvia de truenos desgarró el doliente cielo.

Sus ojos se abrieron ante la luz. Por unos momentos pensó que sería la aurora pero se equivocó.
Al incorporarse comprobó sorprendido que se encontraba en el mismo lugar donde despertara hacía sólo unas pocas horas, sin armas, sin las heridas que le habían inflingido sus enemigos y con la cota tal y como la tuviera en un principio. ¿Un sueño?, pensó.
—No, no ha sido un sueño —dijo una poderosa y melodiosa voz femenina, a sus espaldas.
Girándose, estupefacto y ansioso por descubrir a quien podía leer sus pensamientos, descubrió un escuadrón de doradas y plateadas guerreras. Sus rostros eran magníficos, limpios y puros, sin odio, a pesar de sus miradas serias y combativas, y sus rasgos bellos y alargados, acordes con sus fortalecidos cuerpos. Su tez era casi inmaculada, a excepción de viejas cicatrices producto de mil combates. Las armaduras y armas eran dignas de tales portadoras pues también se presentaban maravillosas, desconocidas para el sorprendido vikingo. Los aceros brillaban, refulgían en una combinación de esplendores áureos. Incluso le pareció que alguno de esos aceros cantaba tenues melodías en los puños de sus enigmáticas dueñas.
—Tranquilo —añadió quien ya hubiera hablado, una bellísima guerrera vestida en argéntea malla, cuya melena de oro agitaba la brisa—. No te queremos mal.
Su voz era profunda, fuerte pero femenina.
—¿Quiénes sois? —acertó a preguntar el joven.
—Eso poco importa.
—¿Cómo he llegado hasta aquí? Estaba abajo… He combatido por mi venganza.
—Y la has conseguido. Mira —dijo severamente, apuntando hacia el poblado divisado a sus pies.
Víder pudo ver cómo los edificios de la granja ardían, sin rastros de supervivientes. Una montaña de recuerdos, arremolinados los unos sobre los otros, se abalanzó sobre él. Un cruel ataque sobre su propio hogar, no lejos de allí, su impotencia por la defensa de los suyos, sus amigos y en especial su amada esposa, pilar de su existencia. La persecución de los sanguinarios montañeses y… su propia muerte, provocada por heridas en el cuello y en el muslo derecho, a unos centenares de pasos del caserío enemigo.
—No te sorprendas, Víder, guerrero vengador. Odín te concedió una noche más para cumplir con tu deseo de venganza y tú has hecho honor a su dádiva.
Víder no salía de su asombro, mas todo apuntaba que era cierto lo que le decía la resplandeciente dama. Se llevó los dedos al cuello y la pierna; en verdad había unas heridas profundas y mortales, nadie hubiera podido sobrevivir a ellas.
Todas, alzando sus armas al naciente día, exclamaron su nombre repetidas veces, uniéndose las mismas montañas al gigantesco clamor.
—Ha llegado el momento, guerrero. Has de venir con nosotras. Te reunirás con los valientes en el Valhalla, junto a quienes comerás, beberás y lucharás a favor de Odín en la Última Batalla, hasta el nuevo despertar.
—Será un honor —respondió Víder, ufano por tan altas consideraciones. La rabia y el dolor habían desaparecido. Había hecho venganza.

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