Posteado por: HispaniaGothorum | 6 diciembre 2007

Poesía Antiguo-Nórdica

La literatura antiguo-nórdica, que con mayor precisión llamaríamos noruego-islandesa,

es la más rica y variada de cuantas se conocen bajo la común denominación de

“antiguas literaturas germánicas”. Tan categórico aserto, del que sólo podría disentir

algún devoto estudioso de lo anglosajón, no se invalida por un cotejo con lo que

conservamos en los distintos dialectos del ámbito alemán ni, por supuesto, en gótico.

Esta supremacía de las viejas letras escandinavas, que ya se justifica bien en el terreno

de la prosa (en el que ofrecen todo el variado género de las sagas, con su profusión de

relatos históricos, legendarios y mitológicos, así como sustanciosos códigos jurídicos,

anales, tratados gramaticales, preceptivas literarias, etc.), no es tampoco menos patente

en el campo de la poesía. Tanto por la mayor amplitud de sus temas, como por la

peculiar autonomía y originalidad que muestra en la aplicación de sus múltiples

recursos formales, la voz antiguo-nórdica resuena aquí poderosa como ninguna en el

común concierto de todas aquellas testimoniales literaturas.

Es habitual al estudiar la poesía antiguo-nórdica dividirla en dos diferentes géneros: por

una parte el llamado “éddico”, por otra el cultivado por los escaldas o “escáldico”.

Aunque en algún caso esta clasificación sólo con dificultad pueda aplicarse, la

distinción es en sí pertinente y resulta metodológicamente útil. El primero de dichos

géneros, el éddico, es el que se halla ejemplificado en la colección de cantos que

conocemos como Edda Mayor o Edda en Verso, de donde también toma su nombre.

Claramente emparentada con las manifestaciones poéticas que por doquier hallamos

entre los demás pueblos germánicos, la poesía éddica escandinava no oculta su origen

común con ellas en los ancestrales cantos que probablemente se configuraron y

popularizaron por toda la Germania ya hacia la época de las migraciones. Tanto los

cantos de la Edda Mayor como una selección de representativos poemas anglosajones

(que conjuntamente constituyen el más atractivo núcleo de todo aquel acervo

tradicional) son hoy asequibles en castellano en ediciones recientes.

La poesía éddica tiene como temas favoritos, en primer lugar, los heredados de la

tradición heroica, pero también, aportando con ello testimonios únicos sobre este

campo, otros que extrae de la esfera de lo mitológico. Legendarias figuras y divinidades

de la vieja religión nórdica son las que más nutridamente pueblan sus versos, en

abigarrada compañía de variopinta corte de walkirias, gigantes, enanos y monstruos de

toda laya. Bravas proezas, conflictos de honor, trágicas suertes, avatares amorosos, pero

también lo didáctico y lo burlesco, el mito y la magia, se entreveran íntimamente en

aquellos cantos, cuya acción, expuesta de manera simple y directa, suele progresar

rápida y hasta sincopada por abruptos quiebros. En lo que se refiere a su forma métrica,

esta poesía utiliza básicamente, también ella, el mismo verso aliterado de que

comúnmente se sirvieron todos los pueblos germánicos. Un par de rasgos característicos

suyos, sin embargo, dan a la versificación éddica un marcado sello propio. Por una

parte, tiende regularmente a una estricta economía en cuanto al número de sílabas, de

modo que en cada semiverso suelen rondar en torno a sólo cuatro, dos de ellas

acentuadas. Por otra parte, los versos siempre aparecen vinculados entre sí, en unidades

mínimas de dos, generalmente, formando estrofas. Se distinguen varios tipos de ellas:

fornyrdislag, málaháttr y ljódaháttr; esta última peculiarizada. Junto con su variante

galdralag, por el empleo de un “verso pleno” de normalmente dos, a veces tres sílabas

acentuadas y aliteración independiente. Al igual que toda la demás tradicional poesía

popular de los distintos pueblos germánicos, los cantos éddicos escandinavos son, por

definición, anónimos y sólo tras un detenido análisis textual podemos conjeturar cuándo

y dónde se compuso cada uno. Los episodios mismo que originalmente los inspiraron

muy rara vez, por supuesto, dejaron alguna huella en la transmisión histórica.

La poesía escáldica se diferencia con bastante nitidez tanto de la éddica como de toda

otra poesía conocida antiguo-germánica. Señalaremos algunos rasgos distintivos. En

primer lugar, la obra escáldica es siempre el refinado producto artístico, altamente

consciente, de un autor, el escalda (skáld) del cual conocemos las más de las veces no

sólo su nombre y época, sino abundantes datos biográficos; algunos de aquellos poetas,

hombres a menudo de alto rango, e incluso de estirpe real, llegan a protagonizar

circunstanciadas sagas, que incluyen, junto con peripecias de su vida, numerosas

estrofas atribuidas a ellos. Se sigue de todo esto que, a diferencia de lo que ocurría con

los cantos éddicos, la obra del escalda suele poder ubicarse con relativa comodidad

tanto el lo geográfico como en lo cronológico.

Aunque las composiciones escáldicas, que reciben el nombre de drápa, flokkr, bölkr o

vísur, se ocupan de muy variados asuntos, es lo más corriente que tengan como último

fin lo encomiástico y de ahí que puedan, genéricamente, considerarse “cantos de

alabanza”. Su punto de arranque, lo que les da ocasión, es siempre algo actual, algún

hecho o anécdota, de mayor o menor relevancia, que se inserta en la experiencia

personal del autor o que, cuando menos, acaeció en su propia época. Abundan aquí,

pues, los elogios a un rey o a cualquier otro notable señor que ganó famosa batalla, que

conquistó unas tierras, que murió heroicamente ante un más poderoso enemigo; se

celebra quizás su noble ascendencia, su valentía o, muy en especial, su generosidad, de

la que en buena parte puede depender el estatus económico y social del escalda. En los

conocidos como “cantos a figura”, el elogio es indirecto. El escalda canta en ellos,

recreándolas, escenas alusivas a episodios de la tradición heroica o mitológica que

decoran, por ejemplo, el escudo que le ha regalado un generoso señor o la mansión que

se construyó un rico prohombre. Es habitual que el escalda de en su poesía amplia

cabida a lo personal: manifiesta sentimientos de admiración, odio, pena, amor; se

declara quizás testigo ocular de algún hecho; se jacta del valor que él mismo demostró

en la guerra o, más frecuentemente, de su envidiable dominio del arte escáldico

(skáldskapr), tenido siempre por excelso don de origen divino.

Este pretendido origen divino de la habilidad poética de los escaldas deriva, según toda

evidencia, de las muy dificultosas exigencias formales a que ellos se saben someter con

raro virtuosismo en el ejercicio de su arte. Es constitutivo del género escáldico el

empleo de una dicción en extremo artificiosa y convencional, que empeñadamente y,

casi diríamos de un modo ritualizado, procura diferenciarse al máximo del habla

corriente. Nada aquí, pues, de la inmediatez y relativa naturalidad que generalmente

hallamos en los cantos éddicos populares.

La primera y más evidente característica de este lenguaje escáldico es sin duda su

constante recurrencia a un canónico juego de sustituciones léxicas, con el que de

continuo evitan las menciones directas. No se dirá normalmente en esta poesía “espada”,

sino quizás “vara”. “rama”, “hierro”, “filo”, “fulgor”, “rayos”, etc., que son algunos de

entre los numerosos términos que convencionalmente se consideran sinónimos o

equivalentes, los llamados heiti, de este concepto de espada. Un nombre propio, de un

dios, una bruja, un héroe, un caballo, un río, podrá siempre utilizarse en sustitución de

otro o aparecer con valor genérico en vez del nombre común. Lo corriente, sin embargo,

es que el escalda no se conforme con este simple intercambio de una palabra por otra,

sino que se prolongue aquel juego con sucesivas y encadenadas sustituciones,

configurando así una expresión de varios miembros, el kenning, que conjuntamente

designan lo deseado. Un kenning para referirse al escudo es, por ejemplo, “la tapia del

fragor”, cosa no difícil de entender, si sabemos que fragor es uno de tantos heiti con los

que se suele aludir a la guerra; “el lobo de la tapia del fragor” puede valer por espada,

pues peligrosa enemiga, como aquel temido animal, es ella para con el escudo; “el pino

del lobo de la tapia del fragor” resultará luego ser el guerrero, que semejante a un árbol,

está erguido en la batalla empuñando su espada. Así pueden irse elaborando estos

kenningar hasta llegar a contar con cinco, seis o, en caso ya extremo, siete miembros.

La interpretación de estas peculiares perífrasis escáldicas requiere por lo general, no

sólo una cierta dosis de imaginación, sino también un suficiente conocimiento real de

las viejas tradiciones épicas y mitológicas escandinavas. ¿Cómo deducir, tomando un

ejemplo simple, que “la carga de Grani” quiere decir el oro, si no sabemos que Grani era

el caballo del famoso Sigurd, el cual, tras matar al dragön Fáfnir, se llevó su tesoro a

lomos de su montura? ¿O quién podría concluir que “la cerveza del esposo de Frig”

significa la poesía o el poema, si ignora que el esposo de Frig no es otro que Odín y que

de este dios es, como lo enseña el mito, aquella excelsa bebida que confiere toda la

inspiración poética y oculta sabiduría? Para mejor entender el talante de esta poesía,

téngase en cuenta además que los kenningar y las expresiones todas de la dicción

escáldica, rara vez aparecen con sus miembros dispuestos en un lineal orden sintáctico,

sino constantemente descolocados e interrumpidos con vocativos u otras oraciones

parentéticas, las cuales pueden llegar incluso a intercalarse entre dos sílabas de una

misma palabra. No faltan tampoco curiosos casos de kenningar sometidos a arbitraria

inversión semántica. “El favor del pez del valle (la serpiente)”, por ejemplo, quiere decir

el verano, esto es, el tiempo cuando ella, tras supuesta hibernación, revive, pero lo que

en rigor acaso dice el escalda es “el favor del valle del pez”.

También en lo referente a la versificación hay notables diferencias entre el modo éddico

y el de los escaldas. Es quizás la fundamental que los versos escáldicos, por principio,

regulan estrictamente el número y cantidad de sus sílabas. Incluso en aquellos casos, no

infrecuentes, en que el escalda hace uso de los ya citados metros típicos de la poesía

popular, los suele someter a este rígido cómputo. Así, el metro kviduháttr, digamos, que

gustosamente utilizan algunos de los más renombrados escaldas, no es en verdad sino el

fornyrdislag éddico y conserva, sí, toda su simplicidad, pero la estrofa se halla sometida

ahora a la exigencia de contar siempre con tres sílabas en cada semiverso impar y cuatro

en cada semiverso par. Las más de las veces, sin embargo, la poesía escáldica utiliza

toda una serie de diferentes metros (el dróttkvaet sobre todo, pero también el töglag,

hadarlag, hrynhent, runhent, etc.) que le son propios y que se definen, además de por el

número de sílabas y acentos que deban contar sus versos, por rigurosas reglas respecto a

la distribución de las aliteraciones y de los diversos tipos de rimas internas o finales en

el caso del runhent que corresponde llevar a cada uno. Cuanto tiene que ver con la

compleja versificación escáldica es siempre objeto de minuciosa regulación y queda ello

bien patente en el casuístico “Recuento de Estrofas” que Snorri Sturluson incluyó como

sección final de su preceptiva del arte escáldico o “Edda Menor”.

Una poesía de tan peculiares perfiles como la escáldica, que florece sólo en el ámbito

escandinavo sin que se le halle paralelo en ninguna otra literatura antiguo-germánica,

invita de inmediato a plantearse la cuestión de su génesis. A este propósito, se han

postulado repetidas veces posibles vinculaciones con lo cultural religioso. Se hace notar,

a modo de ejemplo, que los cuatro versos de la semiestrofa (helming) del dróttkvaett,

que ciertamente es la unidad básica de la dicción escáldica, contienen un total de cuatro

por seis sílabas (24), lo que coincide con el número de runas del viejo alfabeto o

futhark. El constante uso de heiti y kenningar, se conjetura, con que, según dijimos,

parece querer soslayarse toda mención directa podría, a su vez, derivar de supersticiosos

temores a nombrar abiertamente a los dioses y demás figuras u objetos sagrados. Como

quiera que ello sea, cabe presuponer que también actuó aquí alguna influencia exterior,

y hoy se da por cierto que, al menos en lo referente a la versificación, fue decisiva la de

los primitivos poetas irlandeses. Aunque de modo muy diferente, también ellos

contaban sílabas, solían terminar los versos en troqueo, usaban rimas internas y

gustaban sobremanera de lo experimental.

Es difícil determinar cuándo comenzó a cultivarse la poesía escáldica. Las tradiciones

antiguo-nórdicas vinculan insistentemente el origen de aquel arte con un tal Bragi

Boddison, un noruego del siglo IX, que gozó de tan entusiasta admiración que hasta

llegó a ser posteriormente divinizado. A Bragi se le atribuye tambíen la más antigua

obra escáldica que conservamos, el “Drapa a Rágnar”, compuesto en estrofas

dróttkvaett. Es lo cierto que, no obstante algunas pequeñas libertades o licencias que

aún aparecen en ellas, en lo fundamental se trata ya de acabados ejemplos de aquel

complicado metro, que durante siglos habría de mantenerse después como el básico de

toda poesía escáldica. A partir de este hecho comprobable, tanto cabe suponer que aquel

modelo estrófico del dróttkvaett debió venirse configurando en realidad desde tiempos

anteriores, pero que se perdió luego todo vestigio y recuerdo de sus iniciales e

imperfectos ensayos, como que en verdad se trató de un invento personal de aquel Bragi

Boddison, también llamado Bragi el Viejo. Críticos y editores se inclinan

vacilantemente ya por una, ya por otra hipótesis.

Los primeros escaldas fueron todos oriundos de Noruega, pero allí, curiosamente, este

arte dejó de cultivarse pronto. Aquellos noruegos que, portadores de todo su tradicional

bagaje cultural emigraron a Islandia a partir del año 874, ellos sí siguieron cultivando en

su nueva patria con una vitalidad y continuidad excepcionales el ejercicio de aquella

artificiosa y aristocrática poesía. Puede ciertamente constatarse que desde finales del

siglo X, el arte escáldico pasó a ser casi exclusiva especialidad de islandeses. Su

principal producto de exportación también, se ha dicho. Y es que reyes y jarlar y demás

potentados de Noruega y Dinamarca, de las islas Orcadas o de las colonias escandinavas

de Inglaterra siempre compitieron gustosos en acoger y favorecer a aquellos poetas

capaces de celebrarles con el debido lustro sus ocasionales méritos y virtudes.

La poesía escáldica supo mantener su primigenia vitalidad hasta mediados del siglo XII.

Más tarde, en el XIII, en un ambiente ya de total predominio de lo cristiano medieval,

conoció aún un período de relativa recuperación a impulsos, en parte, de la consciente

labor de eruditos y anticuarios islandeses, poco resignados a dar por finiquitadas sus

viejas tradiciones autóctonas. No por casualidad proceden precisamente de esta época

didácticos manuales como la “Edda Menor” de Snorri o el anónimo “Recuento de

Escaldas (Skáldatal)”, en que se consignan más de un centenar de ellos, clasificados

según los diferentes señores a quienes cantaron. Plenamente cristianizada al fin y

sostenida solamente por el más estéril manierismo, aquella poesía escáldica prolongó

todavía una insípida y cansina existencia hasta su definitiva extinción en el siglo XIV.

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