Posteado por: HispaniaGothorum | 6 diciembre 2007

Vinland

Alrededor de 986, un mercader islandés llamado Bjarni Herjolfsson, que había pasado el

invierno en Noruega, se dirigió a Islandia para reunirse con su padre. Al desembarcar en

Eyrar, se enteró e que éste había vendido la granja y había abandonado el país con Erik

el Rojo para asentarse en Groenlandia. Bjarni decidió ir en su busca, pero nadie fue

capaz de indicarle la ruta que debía seguir.

Ya en el mar, la única cosa que sabía era que debía navegar hacia el oeste. Al cabo de

tres días, perdió de vista la costa islandesa y el viento, que le había sido favorable hasta

entonces, amainó y empezó a soplar del norte, acompañado de niebla. El barco marchó

a la deriva durante varios días.

Cuando el tiempo mejoró, los vikingos avistaron una costa y Bjarni dijo que, en su

opinión, no podía tratarse de Groenlandia. La tripulación preguntó si tenía la intención

de acostar y él contestó que prefería bordearla. Vio que el terreno era arbolado, con

colinas poco elevadas. Entonces, Bjarni se desvió hacia el norte sin detenerse, ya que su

única preocupación era reunirse con su padre.

Dos días más tarde, vieron tierra de nuevo. Sus hombres le preguntaron si creía que esta

vez era efectivamente Groenlandia. Respondió que no, ya que le habían dicho que en

Groenlandia había enormes glaciares. Se acercaron entonces a la costa, que les pareció

llana y arbolada.

El viento amainó y la tripulación pensó que había llegado el momento de bajar a tierra

para aprovisionarse de madera y agua. Bjarni se opuso, con el pretexto de que no les

faltaba nada y ordenó a sus hombres que izasen la vela, a lo que obedecieron de mala

gana. Un viento del sudoeste sopló durante tres días, al término de los cuales vieron

tierra por tercera vez. Ahora se trataba de un terreno elevado, montañoso, coronado por

un glaciar. De nuevo la tripulación quiso saber si tenía la intención de abordar. “No –

repuso – porque en mi opinión, esta tierra no vale nada”. Siguieron la costa y vieron que

era una isla. A continuación, volvieron a alta mar aprovechando el mismo viento

favorable. Poco después, se levantó una tempestad y Bjarni tuvo que hacer apocar la

vela.

Cuatro días más tarde, vieron tierra por cuarta vez. Bjarni respondió a la tripulación, la

cual le preguntaba si habían llegado por fin a Groenlandia, que por lo menos se

aproximaba más a la descripción que le habían hecho de este país y que era preciso

desembarcar. Al caer la noche, acostaron en una lengua de tierra donde vieron un barco

varado. Y, extraña coincidencia, precisamente era allí donde habitaba Herjolf, el padre

de Bjarni. Éste abandonó sus actividades comerciales, se estableció a su lado y continuó

trabajando la tierra tras la muerte de Herjolf.

Este relato, tomado de la Saga de los Groenlandeses, induce a pensar que los caprichos

de los vientos ya las corrientes hicieron derivar el barco de Bjarni Herjolfsson hacia las

costas del Labrador y que las tierras a las que se acercó en dos ocasiones pertenecían al

continente americano. Sin embargo, la hipótesis es difícil de confirmar, ya que se basa

en una saga, género literario en el que la ficción se mezcla continuamente con la

realidad.

El Vindland de las Sagas.

Bjarni relató su aventura a los colonos groenlandeses y también a Erik Hakonarsson, rey

de Noruega, con ocasión de un viaje a ese país. Allí le reprocharon la falta de curiosidad

de que había dado muestras.

A su regreso a Groenlandia, hacia el año 1000, recibió la visita de Leif Eriksson, uno de

los hijos de Erik el Rojo, que deseaba explorar esas nuevas tierras. Leif le compró el

barco y enroló una tripulación de treinta y cinco hombres, algunos de los cuales ya

habían navegado con Bjarni. Después fue a ver a su padre para pedirle que se pusiera a

la cabeza de la expedición, pero Erik rechazó la propuesta alegando que ya no tenía

edad para ello.

Entonces Leif embarcó, puso rumbo al norte y empezó a seguir la costa de Groenlandia.

Luego descendió hacia el sur, aprovechando la corriente favorable. Dio el nombre de

Helluland (tierra de las rocas planas) a la primera tierra que abordó, que tal vez fuese la

Tierra de Baffin en su parte meridional. Como Bjarni unos años antes, consideró que

carecía de interés. Grandes glaciares recubrían el interior y la zona costera,

profundamente marcada por la erosión glaciar, era estéril.

La segunda tierra a la que llegó, llana y arbolada, con riberas arenosas, hace pensar en el

Labrador. La bautizó con el nombre de Markland (tierra de los bosques).

Dos días más tarde, empujado por un viento del noroeste, Leif avistó tierra por tercera

vez. Hacía buen tiempo cuando los vikingos desembarcaron y la hierba, que crecía en

abundancia, estaba recubierta de rocío. Se la llevaron a los labios, encontrándole un

sabor más dulce que todo lo que habían conocido hasta aquel día.

Un estrecho separaba la isla de un promontorio. Penetraron en él y, mientras rodeaban el

promontorio, su navío embarrancó en un banco de arena a causa de la baja marea.

Estaban tan impacientes por explorar aquella tierra que no esperaron a estar de nuevo a

flote. Se precipitaron hacia ella y llegaron a un lugar donde un río desembocaba en un

lago. Cuando su barco flotó de nuevo, remontaron el río a remo, lanzaron el ancla en

medio del lago y decidieron pasar allí el invierno.

Paradójicamente, estos hombres que en Groenlandia padecían la falta de madera, aquí se

veían rodeados de árboles, con los cuales pudieron construir cabañas y calentarse. Los

salmones pululaban en el lago y el río. Nunca los habían visto tan grandes. Durante el

invierno, comprobaron que no había heladas, que la hierba casi no se secaba y que no

sería necesario hacer provisión de forraje para que el ganado pasase los meses

invernales.

Transcurrido el invierno, decidieron explorar el país. Tuvieron la sorpresa de descubrir

que se hallaban en una tierra bendecida por los dioses, donde la vid silvestre crecía en

abundancia. Dieron a este lugar el nombre de Vinland (tierra de las uvas).

Es fácil imaginar el interés que despertó el relato de Leif a su regreso a Brattahlid, la

granja de Erik el Rojo. Cuando sus allegados supieron que, a unos días de navegación

desde Groenlandia, existía una tierra de clima suave y suelo fértil, también quisieron

dirigirse allí.

En 1004, Thorvald, hermano de Leif, efectuó el segundo viaje a Vinland con una

tripulación de treinta hombres. Encontró el lugar ya visitado por Leif y pasaron allí el

invierno, alimentándose de los peces que pescaban. Thorvald decidió que, mientras los

demás preparaban la nave, un pequeño grupo partiría en la canoa hacia el oeste,

siguiendo la costa, con objeto de explorar la región durante los meses de verano.

El país les gustó, con sus bosques, sus numerosas islas y sus playas arenosas. Cuando el

grupo regresó en otoño, sus componentes contaron que habían encontrado una cabaña

abandonada, prueba de la presencia humana. Invernaron por segunda vez en la isla.

Al verano siguiente, Thorval embarcó para explorar las costas del este y del norte.

Mientras rodeaba un cabo con mar agitada, la quilla de su barco se rompió y tuvieron

que detenerse para una larga reparación. Poco después de volver al mar, llegaron a la

desembocadura de dos fiordos. Subieron al promontorio arbolado que los separaba,

encontraron el lugar magnífico y Thorvald dijo a sus compañeros que era allí donde le

gustaría construir su casa.

Cuando volvían al barco, vieron tres bultos sobre la playa. Al acercarse comprobaron

que se trataba de tres canoas cubiertas de piel, bajo las cuales se ocultaban nueve

hombres. Les atacaron y mataron a ocho, pero el noveno logró escapar y dar la alerta.

Los vikingos subieron de nuevo al promontorio y, observando con más atención,

descubrieron río arriba del fiordo otros muchos bultos. A la noche siguiente, los

extraños atacaron violentamente el barco. Después de que los vikingos les rechazaron,

Thorvald preguntó a sus hombres si había entre ellos algún herido. Todos estaban sanos.

Thorvald les dijo: “Tengo un herida en la axila. Un flecha voló entre la borda y mi

escudo y se detuvo bajo mi brazo. He aquí la flecha que me llevará a la muerte. Os

aconsejo que regreséis a las Casas de Leif tan pronto como podáis. Pero antes quiero

que carguéis con mi cuerpo hasta el promontorio donde tanto me hubiera gustado vivir

[…] Enterradme allí, hincad cruces sobre mi cabeza y a mis pies…” (Saga de los

Groenlandeses).

Sus hombres cumplieron su voluntad y se embarcaron para ir a pasar un tercer invierno

en las Casas de Leif. A la primavera siguiente, cargaron el navío de madera y de uvas y

regresaron a Groenlandia. Contaron a Leif todo lo que había ocurrido, sin olvidar el

encuentro con los “skraelingar” (los indígenas con quienes se enfrentaron los vikingos

en Vinland eran indios; los de Groenlandia, esquimales. El sentido de la palabra

skraelingar, empleada en las sagas para desginar tanto a unos como a otros, es oscuro,

pues cuenta con una connotación despectiva, como los canallas o los miserables).

En 1007, Thorstein, el tercer hijo de Erik el Rojo, zarpó hacia Vinland con Gudrid, su

mujer, y una tripulación de veinticinco hombres. Se proponía recoger el cadáver de su

hermano, pero no pudo hacerlo debido a los vientos y las corrientes, que empujaron su

barco hacia las costas groenlandesas.

Hacia 1020, Thorfinn Karlsefni, rico mercader y armador islandés, visitó Groenlandia,

durante el invierno en que Erik el Rojo le ofreció su hospitalidad en la granja de

Brattahlid, se habó mucho de Vinland, donde había excelentes tierras. Karlsefni decidió

organizar una expedición para establecer una colonia permanente en la nueva tierra.

Otros dos islandeses, Bjarni Grimolfsson y Thorhall Gramlason, aceptaron unirse a la

expedición con su barco. Un groenlandés, viejo amigo de Erik el Rojo, al que se

conocía con el nombre de Thorhall el Cazador y que disponía también de una

embarcación, les imitó. Se decidió que las ganancias de la expedición se distribuirían a

partes iguales entre los participantes. Karlsefni embarcó sesenta hombres, cinco

mujeres, ganado y material. Los tres navíos que formaban la expedición partieron con

ciento sesenta vikingos, en su mayoría groenlandeses.

El primer invierno lo pasaron en una isla situada en la desembocadura de un fiordo.

Como había mucha corriente en el lugar, la denominaron la isla Straumsoy, y el fiordo

recibió el nombre de Straumsfjord. Cuando llegaron, las aves marinas eran tan

numerosas que era difícil andar sin aplastar sus huevos. Durante el invierno, que fue

muy riguroso, Karlsefni hizo abatir árboles y cortar los troncos para reducirlos a las

dimensiones requeridas para cargarlos en las naves. Pudieron alimentar al ganado, pero

les costó trabajo asegurar su propia subsistencia.

Un día, vino a varar en la orilla una ballena perteneciente a una especie desconocida de

todos, incluso de Karlsefni, pese a ser éste un experto en la materia. El autor de la Saga

de Erik el Rojo pretende que la carne del cetáceo les puso a todos enfermos.

Con el retorno de la primavera, volvieron a abundar los alimentos gracias a los huevos

de las aves, la caza y la pesca.

Entonces se produjo un desacuerdo entre los socios de la expedición. Thorhall el

Cazador quería explorar el país en dirección norte, mientras que Karlsefni prefería

continuar hacia el sur, siguiendo la costa. Como no lograban ponerse de acuerdo,

Thorhall regresó a Groenlandia con su barco y nueve de los vikingos que se habían

puesto de su parte. Se embarcaron, pero una tempestad con vientos del oeste, les hizo

derivar en dirección a Irlanda, donde murió Thorhall.

Los que se quedaron en Vinland con Karlsefni navegaron en dirección al sur de la isla y

llegaron a una bahía, que bautizaron con el nombre de Hop. Abundaban los peces y la

tierra ofrecía buenos pastos, además de una variedad de trigo silvestre. La vid crecía en

las colinas de alrededor. Decidieron establecerse y pasar allí el segundo invierno, que

fue templado y sin nieve, lo que les permitió dejar el ganado en el exterior.

Un día, numerosas canoas llenas de skraelingar que venían del sur, rodearon el

promontorio y penetraron en el estuario. Eran hombres de baja estatura, de aspecto

inquietante y tez oscura, pelo espeso, ojos grandes y pómulos anchos. Cuando

empezaron a agitar los remos, los vikingos pensaron que era un signo de paz y se

adelantaron hacia ellos, blandiendo un escudo blanco.

Los skraelingar venían para comerciar y traían con ellos dos bultos conteniendo pieles y

cueros, que querían cambiar por tejido rojo, espadas y lanzas.

Karlsefni se opuso al intercambio de armas y tuvo la idea de enviar a las mujeres a

buscar leche. Cuando los skraelingar la probaron, les gustó tanto que olvidaron las

armas y cambiaron el contenido de sus bultos por la leche que les ofrecían. También el

tejido rojo de los vikingos tuvo mucho éxito. Para empezar, se estipuló el cambio de una

cuarta de tejido por cada piel. A medida que las existencias se agotaban, la dimensión

del tejido fue disminuyendo, hasta quedar reducida a un dedo.

Un incidente vino a interrumpir el trueque. Un toro perteneciente a los vikingos, salió

del bosque bramando furiosamente y sembrando el terror entre los skraelingar, que

empaquetaron a toda prisa sus mercancías, se precipitaron hacia sus embarcaciones y

emprendieron la huida.

Los skraelingar volvieron en mayor número a principios del invierno siguiente, pero su

comportamiento varió al ver que los vikingos no tenían gran cosa para intercambiar.

Uno de los hombres de Karlsefni mató a uno de ellos, que intentaba robarles armas. Los

demás huyeron. En espera de una nueva visita, los vikingos se prepararon para el

combate y, en el enfrentamiento que siguió, hubo víctimas por ambas partes.

Demasiado pocos en número para hacer frente a una población local que se había vuelto

amenazadora, los vikingos, realistas y prudentes como de costumbre, decidieron

abandonar la colonia que habían fundado en Hop. Volvieron a Straumfjord, donde

pasaron el tercer invierno. Al llegar la primavera, emprendieron el regreso a

Groenlandia.

En el camino, se detuvieron en Markland, donde cayeron por sorpresa sobre un

skaelingar acompañado por dos mujeres. Les pusieron en fuga y capturaron a dos niños,

que se llevaron consigo.

El barco de Bjarni Grimolfsson, cuyo casco estaba dañado a causa de las tarazas

(moluscos que viven en aguas salobres y se alimentan de las maderas sumergidas, en el

interior de las cuales excavan galerías), empezó a hacer agua y hubo que abandonarlo.

Como la canoa sólo tenía capacidad para la mitad de la tripulación, se decidió echar a

suertes quiénes iban a ocuparla. Bjarni, que resultó entre los afortunados, cedió su lugar

a un joven islandés que no había resultado agraciado en el sorteo. Los ocupantes de la

canoa lograron llegar a tierra, pero nunca más se tuvo noticias de Bjarni y del resto de

su tripulación.

De los tres barcos que participaron en la expedición, el único que consiguió volver a

Groenlandia fue el de Thorfinn Karlsefni. Los supervivientes de Vinland pasaron el

invierno con Erik el Rojo. Enseñaron la lengua de los vikingos a los dos niños

skraelingar, que fueron bautizados.

Las desdichas de la expedición de Karlsefni no bastaron para desalentar a los vikingos,

que continuaban soñando con Vinland, donde pensaban encontrar la riqueza y la fama.

Freydis, hija ilegítima de Erik el Rojo, propuso a dos hermanos islandeses, Helgi y

Finnbogi, organizar conjuntamente una nueva expedición. Cada uno de los socios

aportaría su nave. Como en la expedición precedente, el acuerdo se concluyó sobre la

base de un reparto por igual de las ganancias y se convino que, además de las mujeres,

cada uno proporcionaría una tripulación de treinta hombres vigorosos. Freydis hizo

trampa desde el principio, embarcando a espaldas de sus socios cinco hombres más de

lo previsto.

Se decidió que los dos barcos navegarían juntos en la medida de lo posible, pero el de

los hermanos islandeses fue el primero en acostar Vinland, en el punto en que Leif había

construido sus casas durante la primera expedición. A su llegada, Freydis discutió con

los hermanos y afirmó que aquellas casas pertenecían a su hermano Leif y que ellos no

tenían derecho a ocuparlas. Les obligó a desalojar el lugar y construir su propia casa a

orillas de un lago, en el interior del país.

Por su culpa, las rencillas se transformaron en odio y luego en lucha abierta, hasta el día

en que ordenó matar a Helgi y Finnbogi y a todos los hombres de su tripulación,

mientras ella se encargaba de matar a hachazos a sus cinco mujeres.

Al empezar la primavera, cargó en el barco que había pertenecido a los islandeses todos

los productos pudo encontrar y se embarcó en dirección a Groenlandia, donde llegó a

principios de verano después de una travesía sin problemas.

Vinland no existió únicamente en la imaginación de los autores de las sagas. En la

segunda mitad del siglo XI, los daneses estaban al corriente de su existencia. Adam de

Bremen cuenta que el rey de Dinamarca, Sven (1074-1075), sobrino de Knut el Grande,

le contó que sabía por navegantes daneses dignos de crédito, que se había descubierto

una nueva isla en el Atlántico Norte y que se le había dado el nombre de Vinland

porque en ella crecía la vid silvestre, que producía uvas de excelente calidad. También

abundaban los cereales, que se daban espontáneamente, y toda clase de frutos silvestres.

Según los Anales Islandeses, en el año 1121 el obispo Erik zarpó de Groenlandia para

efectuar una visita pastoral a Vinland. Después de esta fecha, no se vuelve a hacer

mención de las misteriosas tierras.

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